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No sólo fue Sarkozy durante la campaña electoral. Medios de comunicación y analistas han comparado desde diferentes puntos de vista al futuro presidente francés, François Hollande, con Zapatero. Sin entrar en un análisis político y económico, he de reconocer que en el ámbito de la comunicación y de la estrategia encuentro algunas semejanzas. Ambos han sabido manejar los tiempos y fortalecer su carisma y su perfil político conforme se fueron acercando los comicios. Al principio de estar en la oposición, a Zapatero le llamaban Bamby y él mismo presumió de “talante” y “cambio tranquilo” al comienzo de su primer Gobierno. Algunos en Francia le llaman Flanby a Hollande porque les parece blandito como un flan. Mientras su estilo se fue endureciendo, el candidato socialista supo aprovechar este estereotipo para transmitir la imagen de líder moderado, en contraposición con un Sarkozy cada vez más nervioso. Este ha sido uno de los grandes aciertos del equipo de Hollande: contraponer su imagen de sereno y educado frente a un Sarkozy histriónico y excéntrico al que el propio candidato acabó comparando con Berlusconi.

Desde el punto de vista más puramente político, el candidato del PS también ha crecido en los últimos tiempos. Con fama de hombre gris de aparato y de personaje plano de ideas moderadas (el diario El País lo calificó de “antihéroe”), Hollande ha terminado dotando a su programa de un contenido más genuinamente socialdemócrata con propuestas concretas. Muchas de ellas, de alcance europeo para simpatía de algunos progresistas de otros países. No creo que de forma deliberada, pero en esto le encuentro cierta semejanza con Obama. Su discurso tiene cierta dimensión internacional que ha logrado recabar simpatías en el extranjero. Los ciudadanos han percibido que Hollande tiene una batería de propuestas para revitalizar la economía francesa y europea. Que éstas sean las más idóneas para terminar con la crisis y que vayan aplicarse realmente es harina de otro costal. 

En relación a estas últimas reflexiones, también encuentro semejanzas con la estrategia arriolista de Rajoy. Hollande sabe atacar los problemas de lado y sabe cuándo guardar silencio, sin caer en provocaciones y actuando con paciencia y prudencia. Afinidades ideológicas aparte, Sarkozy tiene un estilo comunicativo completamente distinto al de Rajoy. Como a Zapatero, al líder de la UMP le ha acabado pasando factura su hiperactividad y su sobreexposición a los medios de comunicación. El expresidente español fue errático en su gestión y el líder galo lo fue en su estrategia de campaña, seguramente motivado por la ansiedad. Empezó abrazando a Merkel y terminó cortejando sin éxito a la extrema derecha para espanto de muchos votantes de su partido. Paradójicamente, dos de las armas que mejor resultado le dieron en las anteriores presidenciales le han perjudicado en estas últimas: la hiperactividad y los discursos más próximos al Frente Nacional. La mencionada Merkel, por el contrario, le ha prestado una impagable ayuda a Hollande. Cuidándose mucho de provocar a Alemania, el presidente electo ha aprovechado el sentimiento patriótico tan arraigado en los franceses y la ola de descontento hacia el papel de Alemania que existe en Europa para atraerse apoyos.

En síntesis, opino que, sin que su campaña vaya a pasar a los anales de la historia, Hollande ha desarrollado una estrategia electoral y comunicativa correcta. Pero no nos llevemos a engaño. Las elecciones no las suele ganar la oposición, las pierden los gobiernos. Y si Sarkozy no ha revalidado su mandato ha sido principalmente a causa de los efectos devastadores de la crisis económica. Sin hacer distinciones ideológicas, la crisis está castigando a casi todos los gobiernos europeos.

Fuente de la imagen: Marketing Político en la Red

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