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No cabe duda de que Angela Merkel está haciendo ostentación de su posición de líder fáctico de Europa. Quizás sea una líder sin carisma y poco diplomática que sigue una política económica y comunicativa errónea, pero está sabiendo dejar muy claro quién manda. Este aspecto, que a la mayoría de los europeos nos parece obvio, no es nada fácil de conseguir. ¿Cuántos jefes de gobierno, estado y partido se afanan día y noche en mostrar sin éxito su autoridad y su capacidad de nuclear a personas en torno a su figura y su proyecto? Con su peculiar estilo, la canciller alemana ha conseguido otra cosa muy relevante para un político: su mensaje es entendido nítidamente por sus receptores. La austeridad es la única forma de salir de la crisis. El equilibrio presupuestario y las reformas son el camino. Quienes han gastado más de lo necesario y son menos competitivos tienen que hacer sacrificios y no esperar el intervencionismo paternalista de los países más ricos y de los órganos europeos. En el sur del viejo continente hemos captado todos el mensaje, pese a que, obviamente, no todos lo compartamos.

Gestos que no mienten

Una de las claves de esta imagen que percibimos es la coherencia que guardan la comunicación verbal y no verbal de Frau Merkel. No olvidemos que, tal como apuntó el prestigioso antropólogo Albert Mehrabian, las palabras sólo aportan un 7% del mensaje. El tono de voz y otros detalles vocales suponen el 38% del contenido, mientras que el lenguaje corporal significa un 55% de éste. Su discurso dogmático e inflexible, fiel a la ortodoxia económica imperante, se corresponde con sus gestos rígidos y su rostro inexpresivo. En ocasiones, como se reflejó en aquel gracioso vídeo repetido en los telediarios en el que se ve cómo a un camarero se le derrama una cerveza entera encima de ella, la hemos visto permanecer inmutable e insensible hasta límites que pueden llegar a provocar hilaridad. Salvando la última cumbre europea, en la que llegó a un acuerdo con Monti, Rajoy y Hollande, sus posiciones políticas y su discurso también se han mostrado igualmente hieráticos. El hecho de que en cuestión de días aquel compromiso haya quedado en papel mojado, nos da una idea de hasta qué punto le resulta difícil renunciar a sus convicciones.

El liderazgo y la autoridad de Merkel se escenificaron de manera inmejorable durante la primera visita oficial realizada por François Hollande a Alemania poco después de su llegada al Elíseo. La televisión mostró cómo la canciller le marcaba el paso al nuevo presidente galo en su recorrido protocolario, incluyendo los preceptivos saludos a las fuerzas armadas. El error de mostrarse dubitativo en el protocolo retrató a Hollande -quizás injustamente- como un político novato que no sabe por dónde ir, como una marioneta guiada por la anfitriona, pese a sus intenciones de plantar cara a las directrices políticas de Alemania. Por el contrario, Merkel actuó con mucha seguridad. Con un par de gestos dejó claro que sigue mandando en el viejo continente.

Austera hasta para vestir

Su vestimenta también es coherente con ese mensaje y esa imagen que proyecta. Según los medios conservadores, la bundeskanzlerin se caracteriza por su austeridad (palabra tótem de su cosmovisión europea). Si bien es cierto que hace años elegía sus vestidos y presentaba un estilo más singular, desde que ejerce el cargo de canciller viste de forma similar a un hombre de su posición: con pantalones y chaqueta. En lo que a la moda respecta, su imaginación ha ido menguando a medida que fue ascendiendo en la jerarquía política germana: sus trajes suelen tener dos colores, sus chaquetas dos botones. El diseñador germano Karl Lagerfeld es uno de los que sugieren que le falta imaginación. Las críticas recibidas por su atrevido escote durante la inauguración de la Ópera de Oslo en 2008 no han hecho más que reforzar esta línea estética conservadora. El famoso consultor político y de comunicación Thomas Steg llegó a tacharlo de “fuera de lugar”. Con el portavoz del Ejecutivo dedicando parte de una conferencia de prensa a hablar del escote, Merkel se convenció de que tratar de innovar en su forma de vestir solo iba a contribuir a trasladar la actualidad política a un terreno frívolo que no le interesa. Al contrario que sus exaliados Sarkozy y Berlusconi, la canciller no se siente cómoda en el mundo de la política pop.

Y, en lo que se refiere a la relación entre su carácter y su atuendo, el diario ‘Bild’ comenta que los bolsos de Merkel revelan que estamos ante “una mujer de carácter, ganadora y con poder”. Nada que no sea evidente.

Resurge el antagonismo norte-sur

La eficacia del mensaje de la austeridad y las reformas está teniendo contrapartidas que   deterioran cada vez más al proyecto europeísta. Estamos ante un discurso que es terreno abonado para la demagogia. En Alemania, crecen los sentimientos nacionalistas y las apuestas por una Europa a dos velocidades. En Finlandia y Holanda, el populismo y los mensajes xenófobos logran un preocupante respaldo popular. El recelo crece entre el norte y el sur de Europa. El resurgimiento de estereotipos y tópicos hasta hace poco enterrados es señal de que se reabren heridas entre el norte y el sur. Mientras parte de la población germánica piensa que los latinos somos vagos que vivimos por encima de nuestras posibilidades, nosotros los percibimos más cuadriculados que nunca.

Filosofía protestante

El discurso que comparten los gobiernos de Alemania, Holanda y Finlandia acerca de la crisis de la zona euro está impregnado de la filosofía protestante. Hija de un pastor protestante, el imaginario colectivo protestante ha podido influir en la visión que tiene Merkel de la crisis europea. La mencionada dicotomía norte-sur nos retrotrae a ese maniqueísmo luterano en el que las posturas tibias no tienen mucho espacio. Parece que para Merkel el futuro de la Unión se reduce a una lucha entre el bien que representan las “reformas” (los gobiernos austeros que tienen fe en el sacrificio y la disciplina fiscal) y el mal del inmovilismo (los gobiernos derrochadores e irresponsables).

Hay momentos en que da la impresión de que, aunque estuviera demostrado que la intervención del BCE y Alemania fuera la única solución, los merkelistas creen que la agonía a la que los especuladores están sometiendo a Europa meridional es necesaria para que los países sureños paguen sus pecados. Como postuló Calvino, Dios ha recompensado con la riqueza a los que trabajan. Intervenir sería perjudicial porque contribuiría a que la vagancia continuara. Las reformas son la salvación, hace cuatro siglos en el campo de la religión, y hoy en el de la política.

España entiende a su Rottenmeier

En este relato mítico, Merkel, siguiendo la clasificación de arquetipos de Ernest Jung, se nos representa como la figura del mentor negativo, como un guardián de la puerta que buscamos (para unos la vuelta al boom inmobiliario, para otros el simple mantenimiento del estado del bienestar). Dudo que la jefa de la CDU quiera ser percibida exactamente tal y como lo es en la Europa meridional: como una especie de señorita Rottenmeier cuya disciplina nos asfixia. De lo que estoy seguro es de que se equivoca en materia de comunicación e imagen. Su discurso tampoco parece acertado al 100% para el consumo interno. Por distintas razones, las encuestas y las distintas elecciones celebradas en los länder no le auguran buenos resultados, a pesar de que Alemania es la nación de la eurozona que mejor está resistiendo a la crisis. Pero insistimos, su peculiar estilo comunicativo tiene la virtud de haber conseguido que, sin necesidad de hablar la lengua de Goethe, los españoles la entendamos con total claridad.

Fuente de la imagen: elmundo.es

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