Etiquetas

, , , , , , ,

Resulta curioso analizar cómo los latinos de Europa y América transitamos senderos opuestos en lo que a la política y a la economía se refiere. Mientras en el Viejo Continente sufrimos una auténtica depresión económica, nuestros hermanos americanos llevan años de intenso crecimiento. En esta orilla del Atlántico imperan recetas basadas en la disciplina fiscal y la contención del gasto público, una amarga medicina que ya probaron en el Nuevo Mundo en décadas pasadas. Pero en el siglo XXI, allende de la Mar Océana soplan otros vientos. Los timoneles de la economía, entre ellos el mediático Kicillof de Argentina, parecen haber redescubierto a Keynes. Friedman, Von Hayek y la Escuela de Economía de Chicago perdieron su influencia. Ahora los faros se llaman Krugman o Stiglitz (cuando no economistas abiertamente marxistas), quienes alumbran una travesía distinta.

En las antiguas potencias coloniales y mercantiles, la política está totalmente supeditada al poder financiero. En muchas naciones iberoamericanas el poder político está manteniendo un pulso continuo con el económico, al que acusa de sabotear la democracia y oponerse al interés general. La apatía -cuando no el rechazo visceral- hacia la política es el sentimiento generalizado en la Europa Latina. En América Latina, en cambio, la política lleva una década muy presente en la vida y las conversaciones cotidianas de los ciudadanos. La sociedad está muy polarizada en torno a unos proyectos políticos que son percibidos como autoritarios y populistas por unos y como emancipadores y populares por otros. 

Son tiempos en los que el Atlántico parece ensancharse. Iberoamérica cada vez mira con menos interés hacia España y Portugal. China y otras potencias emergentes están cubriendo con perspicacia e inteligencia los espacios dejados por las antiguas metrópolis, e incluso por los Estados Unidos. En política no existe el vacío.

En el campo de la comunciación política los latinos de uno y otro continente también se están distanciando cada vez más. A decir verdad, simplemente se están acentuando las  diferencias que ya existían desde hace un cuarto de siglo. Haciendo honor al tópico, los políticos latinoamericanos son mucho más pasionales que los latinoeuropeos, cada vez más parecidos a sus vecinos del norte. Ese estilo caluroso no es exclusivo de los líderes que aquí se califican de populistas. Antes de la aparición de Chávez en la esfera pública, los discursos de los políticos iberoamericanos ya eran mucho más vehementes que los que se oyen en tierras europeas. Este estilo entusiasta es también más común en Estados Unidos, pese a su cultura anglosajona, en teoría más fría.

En España los políticos comenzaron a perder pasión en su estilo comunicativo al concluir la Transición. Una retórica grandilocuente es percibida en España como trasnochada, mientras que un discurso medianamente ardiente no tarda en calificarse de demagógico. La pasión quedó reservada para los mítines, que, no obstante, son cada vez más aburridos e intrascendentes para los ciudadanos. Oyendo a presidentes y candidatos de un lado y otro del charco, sea cual sea su ideología, uno acaba concluyendo que los políticos españoles y portugueses son demasiado sosos. No saben improvisar y no quieren arriesgar. Incluso tienen una jerga propia, la de palabros como “implementar”, “poner en valor”, “gobernanza”, “desarrollo sostenible”, “políticas activas de empleo” y un largo etcétera. Sean del partido que sean, los políticos españoles hablan casi igual. No queda rastro de nuestro carácter latino ni de nuestra rica tradición de oradores, que se remonta a tiempos de la Antigua Roma.

Da la impresión de que ni siquiera ellos se creen sus discursos. Los mensajes son planos y políticamente correctos. Parece como si la desafección ciudadana por la política les hubiera contagiado, como si ellos mismos reconocieran que las medidas que se aplican desde los gobiernos apenas se diferencian. Es posible que una de las razones por las que los partidos populistas están creciendo en Europa se debe a su facilidad para comunicar. Evidentemente, lo primordial es la mala situación económica, pero también es verdad que muchos de los líderes populistas de Finlandia, Holanda o Francia saben conectar con amplias capas de la población con un estilo directo y un relato entendible.

Lejos de proponer discursos demagógicos o resucitar la oratoria decimonónica, estoy convencido de que, hoy en día, uno de los principales retos de los profesionales de la comunciación política en España y Portugal es lograr que los dirigentes sepan empatizar más con los ciudadanos. Y por qué no, incluso hasta llegar a emocionarles.

Fuente de la imagen: www.empresate.org

Anuncios