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Primer ministro de Turquía

En los últimos días hemos asistido a un rápido deterioro de la imagen del primer ministro de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, a causa de la tremenda, inusitada y persistente movilización de un sector de la población. Los manifestantes comenzaron oponiéndose a un plan urbanístico que pretendía sustituir una de las pocas zonas verdes del centro de Estambul, el Parque Gezi, anexo a la Plaza de Taksim, para construir un centro comercial, otro cultural, una mezquita. Todas estas edificaciones formarán parte de un complejo que rescatará la estética de unos los históricos cuarteles de artillería Topçu, derribados por Mustafá Kemal ‘Atatürk‘ (líder de la independencia, primer presidente de la república y Padre de la Patria) debido a que en 1909 su guarnición protagonizó un levantamiento dirigido a restaurar el poder absoluto del sultán y la Ley Islámica (Sharia).

La represión policial y la actitud poco dialogante del Gobierno del islamista y conservador Partido de la Justifica y el Desarrollo (AKP) han provocado que una oleada de protestas estallara en casi 70 ciudades del país. Los manifestantes rechazan un poder al que consideran autoritario y represivo, y al que acusan de ocultar una agresiva agenda islamista.

Taksim, Estambul.

Sobre todo al principio, muchos periodistas no entendimos por qué la conservación de un pequeño y no demasiado bonito parque de Estambul ha llevado a tantos ciudadanos de todo el país a enfrentarse a la policía con tanta determinación. La economía turca lleva años creciendo a buen ritmo, sin que la crisis haya hecho mella en ella. Por muy autoritario que sea el talante de Erdogan, lo cierto es que los derechos y libertades individuales se han ido ampliando en las últimas décadas. La República de Turquía no es un paraíso democrático, pero tampoco es un régimen autoritario como los derrocados en Túnez y Egipto.

Una de las claves de este estallido social está en los símbolos. El premier turco ha ofendido el universo simbólico de una parte considerable de sus ciudadanos. No se trata sólo de que un episodio anecdótico sea la gota que colme el vaso de un descontento largamente larvado con determinadas formas autoritarias. Ya sabemos que, a lo largo de la historia, incidentes de elevada carga emocional y repercusión política menor han desencadenado grandes rebeliones populares. Sin ir muy lejos en el tiempo y en el espacio, la Revolución de los Jazmines que derrocó al presidente tunecino Ben Alí en diciembre de 2010 tuvo su origen en el suicidio de Mohamed Bouazizi, un vendedor ambulante arruinado que se quemó a lo bonzo. Atentar contra símbolos y lugares que la población considera sagrados o emblemáticos puede enardecer los ánimos hasta límites insospechables. Incluso aunque las cifras económicas no nos muestren a quienes vemos los acontecimientos desde fuera un caldo de cultivo propio para el conflicto.

Infografía del futuro Parque Gezi.

Podemos recordar infinidad de casos de quemas de banderas, profanaciones de templos y otras ofensas a símbolos que terminaron en insurrecciones. En 2010 miles de afganos enfurecidos provocaron graves disturbios después de que el estadounidense Terry Jones anunciara que quemaría en público ejemplares del Corán. Hasta el mismísimo presidente Obama tuvo que intervenir para evitar que este pastor protestante desconocido provocara una espiral de violencia todavía mayor en multitud de países musulmanes. En Afganistán y en otras naciones islámicas ya se habían producido episodios de violencia cuando los líderes religiosos consideraron, por ejemplo, que películas de escasa repercusión o viñetas de un simple periódico danés blasfemaban contra el profeta Mahoma. En la historia de España tenemos casos muy curiosos de tumultos políticos y religiosos que tienen su origen en los símbolos. Con Madrid como epicentro, en 1766 se extendió un motín contra el ministro Esquilache. Junto a la carestía del pan, la excusa fue la prohibición de los sombreros y vestimentas tradicionales.

Cuadro del Motín de Esquilache.

En definitiva, y volviendo al caso turco, tal como dice Sebastián Guerrini, “el símbolo puede dar forma a lo que no tiene forma, pudiendo así materializar lo que antes era solo sensaciones, ideas, intuiciones, creencias o valores”. El diario ‘ABC’ narra como muchos turcos creen que este episodio les ha servido para abrir los ojos ante el autoratismo y el talante poco dialogante de Erdogan. Por ejemplo, a Emrah, propietario de una inmobiliaria, “le costaba creer las historias sobre periodistas encarcelados, sobre detenciones arbitrarias y represión de opositores”, dice el diario español. En declaraciones al rotativo, Emrah asegura que ha pasado de creer que “alguna potencia extranjera está tratando de destruirnos. Tal vez Israel” a no tener duda de que “el responsable de todos esos excesos es el Gobierno”.

Desgranemos algunas de las causas de discordia que, para muchos turcos, simboliza la destrucción del Parque Gezi y los cambios en la Plaza Taksim, lugares de un enorme valor emocional para la población de Estambul:

-La destrucción de la naturaleza: En el imaginario colectivo de muchos estambulíes, Gezi era el último reducto verde en una megalópolis. El parque simboliza siempre la libertad y la tranquilidad en una ciudad que ha perdido cualquier resquicio de estos atributos a causa de su desaforado crecimiento. En su autobiografía ‘Estambul’, el Premio Nobel de Literatura Orhan Pamuk recuerda como en la década de los 50 sus familiares lograron que el Ayuntamiento no talara un castaño de más de medio siglo que se erguía junto a un bloque de apartamentos en Nisantasi. El día que iban a talar el árbol, sus familiares se pasaban el día y la noche protegiendo su árbol. Según relata Pamuk en un artículo publicado en ‘El País’ titulado ‘Giro hacia el autoritarismo’, “hoy, la Plaza Taksim es el castaño de Estambul, y debería seguir siéndolo”. Anteriormente, otros proyectos faráonicos, como un canal artificial entre Europa y Asia con dos megaciudades dormitorio en sus orillas, generaron rechazo en Estambul por el deterioro medioambiental que implica. Quienes se oponían a los planes del Gobierno reivindican los valores de la naturaleza. Por el contrario, el Gobierno se vio retratado en la imagen que desencadenó el conflicto: la tala de árboles en el parque. Como le ocurrió a familia Pamuk con el castaño, el parque, última zona verde que queda en el centro, es rememorada con agrado por muchos estambulíes, son emblemas que les unen.

Delfines en el Parque Gezi.

-La lucha contra la especulación: los planes para transformar el entorno de Taksim huelen a especulación. Muchos ciudadanos de Estambul así lo sienten. Las críticas hacia el creciente peso de la construcción en la economía turca van en aumento. En la ciudad circula la idea de que tras la construcción del nuevo centro comercial hay un pelotazo urbanístico. Algunos turcos no entienden por qué es necesario edificar un gran centro comercial precisamente en la zona del país que más saturada está de tiendas y locales de hostelería. Otros denuncian más proyectos faraónicos como el del canal, el del tercer aeropuerto para Estambul o el de un tercer puente entre Europa y Asia. Por todo ello, la remodelación del entorno de Taksim es vista por muchos ciudadanos como el colofón a una política urbanística megalomaniaca.

Infografía e imagen de Takism.

-La pérdida de lugares típicos: junto a los parques y las plazas, los negocios también pueden ser símbolos entrañables de la memoria de todo un pueblo. ¿No son puntos turísticos ineludible La Bodeguita de en Medio o El Floridita en La Habana? ¿Quién no conoce el Café Gijón de Madrid? ¿Alguien duda que La Campana es algo más que una pastelería para los sevillanos? En los alrededores de Taksim algunos establecimientos dejaron de ser simples negocios privados para convertirse en parte irrenunciable del patrimonio histórico estambulí. En relación a la mencionada especulación, hay que apuntar que en los últimos años se han denunciado maniobras más o menos ocultas para que negocios castizos de la parte europea de Estambul cierren sus puertas. Este clima de hostilidad ya se ha materializado en restricciones para algunos restaurantes cercanos a Taksim y a la calle Istiklal y en el cierre de la pastelería Inci. A muchos vecinos aún les duele el cierre de este templo gastronómico. La remodelación la zona es interpretada por muchos como la victoria de los especuladores frente al comercio tradicional, el triunfo de la ciudad del ladrillo frente a un Estambul castizo que ya se fue para siempre.

Pastelería Inçi.

-La decadencia del arte: la idea de abrir un centro cultural no ha despertado entusiasmo entre las personas más implicadas en la vida cultural y artística del municipio. Orhan Pamuk recuerda, en cambio, con nostalgia el apogeo durante los años 60 de la galería más importante de Estambul, construida en unos de los laterales del parque. El arte auténtico se opone así a una insulsa actividad cultural dirigida desde el poder.

-La represión de la libertad política: la Plaza de Taksim y sus aledaños son famosos en toda Turquía y parte del mundo por ser el epicentro de la vida política de la nación. Es un espacio plagado de símbolos patrióticos: la gran bandera turca, las imágenes de ‘Atatürk’, el monumento a los luchadores nacionalistas o la calle Istiklal (Independencia). Como también recuerda el premio nobel turco, Taksim es igualmente el referente de las grandes manifestaciones de organizaciones políticas de diversas ideologías. Para los turcos es un espacio de reivindicación y de libertad. Taksim ha sido ha sido hasta hace poco el escenario habitual en el que los sindicatos conmemoraban el Día del Trabajo. En 1977 murieron 42 personas en un brote de violencia provocada con motivo de esta efemérides. La prohibición de celebrar allí el Día del Trabajo decretada por el Gobierno de Erdogan este año encrespó mucho los ánimos. Los opositores al AKP sienten que esta medida como un intento de borrar la memoria de lucha colectiva de los turcos.

-El regreso del sultanato: en un post anterior ya señalamos como el primer ministro es visto por sus críticos como un sultán de nuevo cuño. La remodelación del entorno de Taksim incluye la recreación de los históricos cuarteles de Topçi. En verdad, se trataba de unas edificaciones históricas y de belleza que estaban allí antes que el Parque Gezi. Sin embargo, quienes se oponen al proyecto los consideran simplemente una excusa para la construcción del centro comercial. Pese al valor patrimonial de los cuarteles, pocos habitantes de Estambul desean su reedificación. Al ser el foco de una intentona golpista que trató de acabar con el incipiente orden laico y constitucional, el enclave quedó ligado al oscuro pasado otomano. Atatürk, consciente del poder de los símbolos en la política, mandó derrumbarlos. Su instinto no le falló: Taksim y sus cercanías se convirtieron en un lugar fetiche del nuevo régimen modernizador. La operación refleja para los manifestantes, quienes estos días ondean banderas con la efigie de Kemal, el perfil conservador y autoritario de Erdogan.

Erdogan en la portada de The Economsit

-El militarismo: sería injusto acusar a Erdogan de militarista. El premier turco ha conseguido menguar el poder del ejército durante sus años en el poder. Con la excusa de ser garantes del secularismo del Estado, las fuerzas armadas turcas se han caracterizado por su continuo intervencionismo en la política. Se ha reservado amplios poderes y han perpetrado golpes de Estado cuando no les ha gustado un Gobierno. Es verdad que Erdogan ha puesto fin a esta situación. No obstante, la reconstrucción de unos cuarteles militares de tan infausta historia no es la mejor idea para conectar con los jóvenes nacionalistas y/o progresistas. Los barracones de Topçu emergen como un nuevo icono del belicismo de Erdogan, al que se opusieron en su conato de ataque a Siria.

Barracones de Topçi

-El islamismo radical: el laicismo es una seña de identidad de la República de Turquía. El propio primer ministro pagó con la cárcel la lectura de unos versos islamistas en un acto político anterior a su nombramiento como jefe de Gobierno. La llegada al poder del AKP desató desde el principio suspicacias tanto entre los militares como entre los sectores progresistas y nacionalistas de la sociedad. Incluso Estados Unidos, según revelaron los cables de ‘Wikileaks’, sospechan que Erdogan oculta una agenda dirigida a islamizar el régimen. Las recientes restricciones a la venta de alcohol han reavivado estas sospechas. El enorme interés mostrado por el Gobierno por construir una mezquita en el Parque Gezi ha sido uno de los motivos de las protestas. Así, para los opositores el incidente dibuja a Erdogan como un islamista radical, un peligro para el secularismo del Estado.

Erdogan, con su esposa.

Como hemos visto, Gezi y Taksim son lugares comunes del relato personal de muchos estambulíes, iconos de la relación íntima que tienen con su ciudad. Desde hace unos días, también también ha pasado a ser un referente de la rebeldía, como la cairota Plaza de Tahrir. Adaptando la archirrepetida frase de James Carville popularizada durante la campaña electoral entre Bush padre y Clinton, “¡es el simbolismo, estúpido”. Aun siendo lo más importante, no siempre la economía es la causa del malestar ciudadano. No sólo de pan vive el hombre.

Leer más artículos sobre Erdogan y Turquía en ‘El Atril’.

Fuente de las imágenes: las infografías y grabados del Parque Gezi y los cuarteles de Topçu son del blog ‘Planeta Estambul’. El resto son, por éste orden, de: ‘The Levant Post’, ‘Melty’, ‘Siempre Conectado’ y ‘Crethi Plethi’.