Etiquetas

, , , , ,

La serie ‘El ala oeste de la Casa Blanca’ y el libro ‘El Nuevo Príncipe’, a los que aludimos en el post anterior, son dos buenas fuentes para explicar algunas de las situaciones en las que puede verse todo gobierno nuevo. La semana pasada hablamos de la necesidad de marcar la agenda y de transmitir ilusión. En esta ocasión profundizaremos en los temas tóxicos o envenenados que a veces persiguen a quienes acaban de llegar al poder, asuntos de los que todo dirigente hábil ha de resolver cuanto antes. Temas tóxicos o envenenados pueden ser conflictos diplomáticos o entre administraciones públicas, la gestión deficitaria de un desastre natural cuyas consecuencias colean, deudas exageradas o proyectos que se heredan de legislaturas anteriores, como la construcción de infraestructuras que generen rechazo en amplios sectores de la sociedad por los motivos más diversos. En definitiva, todo asunto que se eterniza convirtiéndose en una patata caliente para quien llega o permanece en el poder y lo tiene que gestionar. ¿Conocen, por ejemplo, el contencioso entre la justicia estadounidense y el Ayuntamiento de Yonkers (Nueva York)? En otra gran serie, ‘Show me a hero’, David Simon recrea cómo los representantes de esta ciudad se resistieron durante años a la sentencia que les obligaba a construir viviendas sociales para familias afroamericanas en zonas residenciales habitadas por blancos. Un tema tóxico donde los haya que terminó como el rosario de la aurora.

amyjosh

El personaje de Amy Gardner y su relación del amor-odio con el carismático y poderoso asesor presidencial Josh Lyman son una buena representación de cómo los lobbies a veces tensan sus relaciones con gobiernos y partidos políticos de su cuerda. No hablamos de conspiraciones de grandes grupos económicos tratando de imponer oscuros intereses. No nos referimos al concepto lobby en sentido peyorativo, sino en su sentido más amplio y fiel al inglés: como un grupo de presión o defensa de unos intereses -que pueden ser legítimos- o incluso de una causa. Por lobby, en este sentido, puede entenderse una plataforma, un movimiento, una ONG o un colectivo social. En este artículo nos detendremos en las “presiones amigas”, en esas que los gobiernos y partidos reciben de grupos afines, sobre todo en relación a los citados temas tóxicos.

En un capítulo de la mítica serie de Aaron Sorkin asistimos a cómo Amy y Josh, quienes mantuvieron una breve pero intensa relación de pareja, discuten. Para ella, activista de la causa feminista y militante del Partido Demócrata, la Administración Bartlett no estaba a la altura de lo esperado. En la vida real habrán encontrado miles de ejemplos similares. Asociaciones de damnificados, plataformas y foros de todo tipo acusan al Gobierno amigo de haberles fallado, de haber traicionado sus principios. El consultor estadounidense Dick Morris dedica un capítulo de ‘El Nuevo Príncipe’ a desmitificar el poder de los lobbies, a los que califica de “gigantes con pies de barro”.

dickmorris

En un contexto diferente como el europeo, un gobierno no tiene por qué ser prisionero de ningún grupo, ya sea reinvindicativo o de intereses. De lo contrario, corre el riesgo de perder la centralidad del tablero político y de alejarse del sentir general. En primer lugar porque los activistas de estos grupos (que, por supuesto, merecen el máximo respeto y tienen toda la legitimidad del mundo) no representan al votante medio: están mucho más ideologizados. Y en segundo lugar porque tienden a obsesionarse o a sobredimensionar determinados asuntos que consideran símbolos de su lucha, pero que pueden convertirse en tóxicos para un ejecutivo que tiene multitud de frentes que atender. Los hiperactivistas y los militantes acérrimos de una causa tienden a pensar que quienes llegan al poder, por muy próximos que sean, han traicionado sus ideales. Tienden a enrocarse en sus posiciones, les cuesta negociar y ser flexibles, por ejemplo, con respecto a esos problemas envenenados de difícil solución. Sin embargo, el común de los ciudadanos es más práctico.

int

Así pues, si quiere marcar la agenda, permanecer en la centralidad del tablero y transmitir ilusión a la ciudadanía, un gobierno no debe tener miedo a tomar sus propias decisiones y a librarse de cualquier presión que considere asfixiante en relación, ni en el caso de algún asunto polémico. Claro que tiene que saber escuchar a sus bases sociales y no ningunear o subestimar a ningún colectivo. Pero, sobre todo cuando son jóvenes, los gobiernos, sean del ámbito territorial que sean, han de obrar con determinación e inteligencia. Es posible ser flexible y pragmático sin traicionar una causa. A veces negociar consiste en ceder parcialmente para lograr parte de unos objetivos. Obviamente, los gobernantes que se vean en esta tesitura tendrán que asumir algún tipo de coste o desgaste. Nadie sale indemne de una batalla. Pero cuanto antes lo asuman, mejor para ellos. Peor resultado ofrece eternizar cualquier conflicto de consecuencias imprevisibles.

La opinión pública no es tan rígida. Si se actúa con honradez y habilidad se puede mantener la credibilidad. Sólo es necesario construir un relato y comunicarlo eficazmente, explicando con sencillez la solución que se ha encontrado y las ventajas que se derivan de ella.

Fuente de las imágenes: ‘Fight cold with cold’, Amazon y el Blog de Emma Rodríguez.