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Intriga, suspense, acción… Lo cierto es que el desenlace del llamado procés independentista catalán tiene todos los ingredientes de las mejores series políticas de Netflix o HBO. Sin ánimo de frivolizar, confieso que el desarrollo de este enfrentamiento político -con los giros inesperados de la trama, las reacciones ambivalentes de los personajes o su secuenciación en episodios- podrían ser materia prima de primera calidad para guiones de David Simon, Aaron Sorkin, Shonda Rimes o David Fincher.

Hoy jueves día 19 de octubre era un día clave en este enquistado conflicto porque vencía el segundo plazo que el Gobierno de España había dado al president de la Generalitat, Carles Puigdemont, para contestar a un requerimiento que, al amparo del artículo 155 de la Constitución española -que habilita al Ejecutivo nacional para intervenir comunidades autónomas-, instaba al molt honorable a aclarar si en el Pleno del Parlament del pasado 4 de octubre había proclamado la independencia de Catalunya.

Aunque tras su respuesta y -la posterior misiva firmada por el presidente español, Mariano Rajoy- de esta mañana las posturas están tan distantes como en los últimos meses, entre la citada sesión de la cámara autonómica y el día de hoy muchos ciudadanos albergaron esperanzas en una solución dialogada. El motivo fue el clima de confusión creado por una ambigua intervención de Puigdemont en la que, en lugar de proclamar o declarar la república catalana, se limitó a señalar que asumía los resultados del referendo (ilegal según el Tribunal Constitucional), proponiendo además al Parlament que suspendiera la independencia en aras de un final negociado. Este posicionamiento descolocó a casi todo el mundo. La reacción de Rajoy sembró, aunque en menor medidas, dudas sobre sus últimas intenciones y los derroteros que tomaría el desafío.

A mí, el desconcertante rumbo que tomaron los acontecimientos (digno, como decía, de un trepidante final de temporada de’House of Cards’) me ha servido para plantear varias reflexiones. En este post compartiré sólo la primera de ellas: en política, la percepción de la realidad es la realidad. Esta frase la aprendí de mi amiga la consultora Imma Aguilar. La mayoría de los ciudadanos, los periodistas y los políticos no analizaron pormenorizadamente las palabras exactas empleadas por el president, ni el sentido de su mensaje. Así, como en una corrida de toros, hubo división de opiniones ante una cuestión que debería haber quedado tan meridianamente clara como una declaración de independencia. Prácticamente todos se dejaron llevar por sus emociones.

O yendo más lejos con el argumento de Aguilar: más allá de lo que verdaderamente dijera o quisiera decir Puigdemont, cada partido y cada medio de comunicación las interpretó según le convenía y siempre para reforzar su posicionamiento político previo. Para UPyD, C’s o VOX, no había duda de que se había dado el paso definitivo a la secesión, por lo que el Estado debía reaccionar. La CUP protestaba porque Puigdemont se había echado atrás, mientras que Unidos Podemos y Catalunya en Comú aseguraban que la proclamación no se había llevado acabo, valorando el gesto del líder independentista. Lo mismo peude decirse para PP y PSOE. Estos y otros actores implicados, entendieron a Puigdemont como mejor encajaba en sus respectivos discursos, independientemente de lo que objetivamente significaran sus palabras.

Ya se sabe que un discurso parlamentario rara vez logra cambiar la opinión de un oponente político. En esta era de la posverdad, ya descubrimos que los datos objetivos no sirven para que un votante cambie de opinión. Pero en este caso no se trata ya de que hasta las personas más inteligentes valoraran las palabras de Puigdemont y de Rajoy en función de sus intereses y prejuicios. Lo novedoso es que ya ni siquiera nos pongamos de acuerdo en lo que significan. El cerebro humano además de perezoso puede ser muy convenido.

Fuente de las imágenes: Infobae y ‘El Periódico’.

 

 

 

 

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