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Frente a la opinión generalizada que difunden los medios de comunicación españoles, en este blog no estamos sorprendidos del éxito cosechado el pasado fin de semana por VOX, un partido calificado de ultraderechista desde el mainstream y hasta ahora insignificantes en las encuestas pero que consiguió llenar con miles de personas el Palacio de Vistalegre en Madrid. Ya en marzo de este año analizábamos cómo la metamorfosis experimentada por esta fuerza política estaba dando sus frutos, a lo que, obviamente, también ha contribuido el actual contexto político español.

Ni el 15M, ni el recuerdo de la dictadura eran antídotos infalibles contra el surgimiento de una fuerza política situada bastante a la derecha del Partido Popular Europeo. Para nosotros había nicho electoral, sólo era cuestión de encontrar la estrategia y actualizar el discurso. En este sentido, VOX aprendió del fracaso de su bautismo en las Elecciones Europeas de 2014 (que también explicamos en esta bitácora). En síntesis, la formación liderada por Santiago Abascal ha transitado desde un discurso simplemente conservador en el que se presentaba como el guardián de las esencias del PP -abogaban por integrarse en el grupo parlamentario del PPE- a otro más políticamente y provocador, más cercano al de los movimientos de la derecha antiestablishment que están triunfando en Europa.

Aunque aún tienen que clarificar sus alianzas y muchos aspectos programáticos y estratégicos, el VOX de 2018 tiene claro que debe dirigirse a un destino muy distinto al que había pensado su primer referente, Alejo Vidal-Quadras, quien, por cierto, hace más de tres años que abandonó el proyecto. En todo este tiempo VOX ha mejorado notablemente en el campo de la comunicación: han multiplicado sus apariciones e incluso simpatías en los medios, simpatías manejan inteligentemente el Twitter y exhiben una simbología alejada del franquismo (color verde, diseño moderno de la imagen corporativa, elección de una mujer entre sus portavoces, etc). Tampoco hay que desdeñar el impacto propagandístico de presentarse como acusación en particular en procesos contra líderes independentistas (utilizado antes con óptimos resultados por IU y UPyD en temas de corrupción) y de actos provocadores como ondear la bandera española en Gibraltar.

A estos aciertos hay que sumar los vientos favorables que suponen para su crecimiento el desafío independentista catalán, la persistencia de la corrupción en la agenda pública, el éxito de movimientos populistas (o al menos formalmente antiélites) y euroescépticos de derecha en otros países, el auge del feminismo y el movimiento LGTBI o la percepción generalizada de que existe una invasión migratoria. Asimismo, la competencia entre el PP de Casado y Cs por ganar espacio a la derecha de Rajoy ha normalizado un poco más el relato de VOX, cuyo terreno ya allanó hace años la llamada TDT Party.

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Entre sus involuntarios aliados están también los medios de comunicación del mainstream, que al demonizarlos terminan por victimizarlos, generando empatía entre muchos españoles nacionalistas y conservadores que se sienten decepcionados con los partidos mayoritarios. Igualmente, el alarmismo que genera su necesidad de presentar un relato periodístico atractivo y con cierta carga de morbo sobredimensiona las acciones de VOX.

Seguramente no consigan alcanzar las cotas que opciones más o menos similares han logrado en otras naciones como Francia o Italia. Tampoco pondrán en jaque al actual régimen constitucional. Pero de momento ya han conseguido que el votante medio los perciba como una posibilidad real en próximas elecciones. Que entren en el Parlamento Europeo o en el Congreso de los Diputados es solo cuestión de tiempo.

 

Fuente de las imágenes: La Vanguardia y Mediterráneo Digital.

 

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