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COLDWAR

Hace ya unos cuantos días Jesús Almendros me invitó a dialogar con él en el programa ‘El Puerto es de Cine, de Radio Puerto Emisora Municipal, sobre ‘Cold war’, una película polaca del oscarizado Pawel Pawlikoski que se ha ganado a pulso su éxito de crítica y taquilla, pese a no contar con las facilidades de las grandes producciones de Hollywood. No en vano ha sido premiado como mejor director en el Festival de Cannes de este año.

A Jesús le interesaba mi opinión del filme porque en los últimos años he centrado mis estudios en las relaciones entre la comunicación política y la industria cultural, especialmente el cine y las series de televisión. Entre otros aspectos valoró que el año pasado escribiera ‘La Nueva Guerra Fría en la pequeña pantalla. Rusia como enemigo de las series de televisión’, un capítulo del libro ‘Personalización en la comunicación política. De la técnica a la estrategia’. Almendros también se interesó por la ponencia que expuse el pasado mes de noviembre en el I Congreso Internacional ‘Comunicación y Filosofía’, titulado ‘Serbia como enemigo de Occidente. Posverdad y estereotipos en la industria cultural’.

‘Cold war’ está ambientada en la República Popular de Polonia de los años 50 y en adelante. Cuenta los avatares sentimentales y profesionales de dos artistas enamorados el uno del otro, pero que viven una relación tormentosa.

Sin llegar a ser densa o lenta, estamos ante una producción en blanco y negro, concebida con otro ritmo y otro lenguaje cinematográfico distinto al que nos tiene acostumbrados la industria estadounidense. Cuenta una historia que cautiva al espectador desde el primer momento y que está rodada con mucha calidad. Está impregnada de un hondo lirismo, con planos sugerentes -recuerdo en el que que se ven a las personas que toman parte en una conversación en la ópera a través de los espejos- y con una estupenda fotografía de los paisajes rurales y urbanos de Europa del Este. La música encaja a la perfección. Pawlikoski ha conseguido sacarle partido tanto al blanco y negro como a los primeros planos de la protagonista, Joana Kulig, actriz de una fina belleza eslava.

La visión que la película ofrece de la Guerra Fría no es, en cambio, nada original. Su maniqueísmo y su orientación ideológica la acerca a producciones anglosajonas contextualizadas tras el Telón de Acero. Quizás desde una perspectiva más inédita, al ser una producción rodada y ambientada en Polonia y no en occidente. Siendo una película romántica y -hasta cierto punto- verosímil, la agresividad del mensaje y la carga política se perciben más atenuadas que en la típica historia de espías.

De forma similar a otros filmes polacos como ‘Katyn’ o ‘Estados Unidos del Amor’ o la reciente serie ‘1983’, ‘Cold war’ se ajusta al relato hegemónico en la sociedad polaca tras la caída del Muro de Berlín, el mismo que, tras ser reforzado durante años desde Norteamérica y Europa, ha terminado, en su versión exacerbada, alarmando cada vez más a la UE por el creciente autoritarismo del Estado. Esta narrativa prescribe que el buen polaco debe ser tradicional, conservador, católico y patriota.

Y, en efecto, así son nuestros dos protagonistas, Wiktor y Zuzanna, pese a que, al mismo tiempo y sin que se muestre contradictorio, responden al estereotipo del artista: libérrimos, vitalista, inestable y seductor. Por desgracia, la fuerza interpretativa de los actores no consigue mitigar del todo la falta de profundidad que los tópicos ocasionan a los personajes. En cualquier caso, el aparente bohemismo de éstos no es óbice para que en distintos momentos exhiban valores tradicionales como el patriotismo (acaban retornando del exilio), la fe religiosa (se casan los dos solos en una iglesia en ruinas) o el amor por las costumbres (representan obras musicales del folclore polaco).

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Por el contrario, Rusia y el comunismo son siempre el enemigo. Todo relato político e histórico efectivo debe tener un enemigo bien identificado, que además sirva para mantener prietas las filas. Según ‘Cold war’, la enorme Rusia -en este caso la URSS- no solo domina políticamente a los llamados “países satélites” (los eventos y la simbología comunista polaca glorifica a Stalin, no al presidente del país), sino también las aculturiza (en Berlín compañeros de distintas nacionalidades cantan canciones típicamente rusas). La represión del régimen se plasma, sobre todo, en el campo de trabajo en el que internan a Wiktor.

Otro arquetipo clásico del cine de la Guerra Fría es el del burócrata que coarta la libertad creativa de los artistas y los intelectuales. Está omnipresente en ‘Cold war’, como hace años lo estuvo en la alemana ‘La vida de los otros’. El filme nos  transmite que la cultura sólo es un instrumento de propaganda en los países del Pacto de Varsovia. Es evidente que existieron comisarios políticos de este perfil, también lo es que las repúblicas populares hicieron uso de la industria cultural con fines ideológicos (¿qué régimen no lo hace de una forma u otra?). Pero reducir la política cultural y educativa de los estados socialistas a estos clichés no deja de ser una forma más de propaganda.

‘Cold war’ es, en definitiva, una película elegante y emotiva con una estética virtuosa bajo una dirección brillante y unas interpretaciones notables. Recomendamos disfrutar de ella. Que hasta el gran público lleguen películas de otras naciones rodadas con otros lenguajes cinematográficos es siempre una buena noticia. Menos valiosa es su visión de la Guerra Fría, encorsetada en una narrativa que ha impregnado todos los ámbitos de la sociedad polaca hasta el paroxismo.

Lo inquietante es que parece que la intelligentsia polaca ya no denuncia al poder político por restringir sus libertades como antaño, a pesar de que hay causas para ello. Y es que las voces críticas y las interpretaciones alternativas al relato dominante brillan por su ausencia.

En este enlace puedes escuchar el programa en el que analizamos la película. Mi conversación con Jesús va del minuto 22:31 al 43:35.

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