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La política pop es una de las tendencias que la política española ha importado con más entusiasmo de Estados Unidos en los últimos años. Como ya hemos explicado en alguna ocasión, es un fenómeno que trata de presentar a los líderes políticos como celebridades de la cultura popular.

El objetivo es que los electores empaticen con ellos y los perciban como figuras cercanas y carismáticas. Para ello, los asesores potencian la participación de estos dirigentes en programas televisivos de entretenimiento y difunden imágenes de éstos en su ámbito familiar o en momentos de ocio, en los que pueden verse en ropa informal o mostrando sentimientos habitualmente reservados al ámbito privado.

En este contexto observamos como recientemente prolifera el empleo de los diminutivos y apodos a la hora de referirse a un representante público. Claro que desde la Transición los ciudadanos -y hasta algunos periodistas- los utilizaban para referirse de manera cariñosa a algunos de ellos; lo curioso es que estos apelativos, además de haber aumentado su uso, se han normalizado en actos públicos, medios de comunicación y hasta en documentos oficiales.

En la mayoría de los casos son los propios candidatos y equipos de campaña los interesados en que se generalice el alias. Hace décadas, Josep Tarradellas o Manuel Fraga eran conocidos como “Pepe” y “Manolo”, si bien estos diminutivos no aparecían en carteles electorales o medios de comunicación. Hoy en día el alcalde de Cádiz, José María González, aparece en los periódicos como “Kichi” y el presidente de la Junta de Andalucía es “Juanma” Moreno, tal como figuraban sus propios carteles electorales. Juan José Ortiz, excandidato del PP a la Alcaldía gaditana, y Francisco González, excandidato del PSOE, llegaron a solicitar a la Junta Electoral que en sus papeletas sus nombres fueran “Juancho” y “Fran”, algo que finalmente no fue posible. En otro ayuntamiento cercano, el de El Puerto de Santa María, las notas de prensa aluden al primer teniente de alcalde como Curro Martínez, en lugar de Juan Antonio.

Esta moda nos acerca a los mencionados Estados Unidos, donde es frecuente que hasta los propios presidentes sean nombrados por sus diminutivos, como el caso de William Clinton, más conocido por “Bill”. Lo curioso es que, sin embargo, el libro de estilo de las publicaciones de referencia anglosajonas es mucho más formal en este aspecto que la prensa española. Así, ‘Newsweek’ o ‘The Economist’ escriben siempre “Mr. Clinton” o “Mr. Trump”, y nunca el apellido a secas como en España. Allí, los cargos políticos como el de presidente o secretario (equivalente a ministro) van precedidos por “señor”, un tratamiento que el PSOE decidió eliminar en el registro oral para marcar distancia con la anterior etapa de UCD.

En este ámbito, como en tantos otros de la comunicación política, hay opiniones para todos los gustos. Lo que sí podemos intuir es que esta tendencia, como otras vinculadas a la política pop, seguirá avanzando en España. Es indiscutible que dirigirnos a los políticos de forma cariñosa contribuye a que los electores los perciban como más cercanos.

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