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Madiba

Reforzar la importancia del líder es un recurso archiutilizado a lo largo de la historia por por toda clase de movimientos políticos para llegar más y mejor a sus receptores. La existencia de un líder fuerte y/o carismático es un vehículo para transmitir mejor un mensaje. Para una parte de la población, ideales abstractos o proyectos ideológicos complejos son más fácilmente digeribles cuando están personificados en un líder. La figura del líder suele ser crucial en procesos revolucionarios o de carácter nacionalista. Los nombres de Mahatma Gandhi, Mao Zedong o Nelson Mandela son inseparables de la Independencia de la India, la Revolución China o el fin del Apartheid. Cuando un movimiento quiere abrir una nueva etapa, cuando el cambio es el concepto clave de un programa político, la figura del líder se hace casi imprescindible. 

Llama la atención cómo hay dirigentes que basan parte de su liderazgo en la exaltación de un líder anterior o en su identificación con él. Suele ocurrir en contextos políticos en los que se quiere profundizar en un proceso reformista o rupturista, en revalorizar un hito fundacional o en rescatar una etapa de esplendor. Por ejemplo, la falta de carisma que Stalin tuvo en sus inicios como dirigente se contrarrestó con una constante ensalzamiento de la figura de Lenin. En sus primeros años de gobierno, el georgiano se presentó como el heredero elegido para la preservación del legado leninista y la culminación de su obra.

Cartel estalinista

La mayor parte de los liderazgos se fundamentan en la confianza, seguridad y protección que, de forma metafórica o real, proporciona el líder. Algunos líderes, sobre todo en regímenes autoritarios, se presentan como la persona que alimenta, cuida y protege al pueblo. En algunos se retrata al líder como un conquistador o un guerrero.

Sadam Hussein conquistador

La necesidad de seguridad y protección es esencial para las personas, sobre todo ante la incertidumbre y el miedo que pueden despertar una nueva etapa política o un cambio revolucionario, por muy ilusionante o esperanzador que éste pueda llegar a ser. Desde tiempo inmemorial, los pueblos describen a su líder como un guía que les conduce al destino deseado. Qué mejor ejemplo que el profeta Moisés, liberando al pueblo hebreo y conduciéndolo hasta la tierra prometida.

Moisés separanado las aguas.

‘Guía’ o ‘conductor’ son apodos habituales de líderes políticos. Gadafi era conocido como ‘Hermano Líder y Guía’ en Libia y Ceaucescu como ‘Conducator’ en Rumanía. Mao Zedong era el Gran Timonel. En alemán, el apodo de Hitler, “Führer“, se traduce como guía.

Asimismo, el paternalismo de determinados gobiernos llega a asignar al líder carismático y protector el rol de padre. En ello influye indudablemente la herencia cultural de ese pueblo. Tal es el caso de Rusia, donde el zar era considerado un ‘padrecito’. En las antípodas ideológicas estuvo el anteriormente citado José Stalin, quien, sin embargo, también fue conocido como el Padrecito de los Pueblos.

Propaganda de Stalin.

Stalin, padre protector.

Muchos de los llamados movimientos de liberación nacional latinoamericanos se inspiraron en las luchas previas de líderes rebeldes: el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) de Nicaragua reivindica a Augusto Sandino, mientras que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) de México a Emiliano Zapata. De hecho, el lema del EZLN es “Zapata vive, la lucha sigue”.

Pintura zapatista

Podemos mencionar también al Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) de El Salvador, al antipinochetista Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR) de Chile o la guerrilla peruana del Movimiento Revolucionario de Tupac Amaru (MRTA). En la mayor de las Antillas, la constitución define al Partido Comunista de Cuba como “martiano”. No es de extrañar, teniendo en cuenta que Fidel Castro aseguró que José Martí, Padre de la Patria cubana, fue el autor intelectual del asalto al Cuartel Moncada, suceso que marcó el inicio de la revolución. El presidente venezolano, Hugo Chávez, aún siendo un ejemplo actual de líder carismático, inspiró su movimiento político en Simón Bolívar, prócer de la independencia. Oficialmente, el país se llama República Bolivariana de Venezuela, un adjetivo que también acompaña a la revolución y a los partidos que apoyan a Chávez. Sobre el liderazgo del presidente venezolano ya explicamos algo en un análisis sobre la última campaña electoral presidencial venezolana.

Frase de Chávez y retrato de Bolívar.

Otra gobernante actual latinoamericana, la argentina Cristina Fernández de Kirchner (CFK), también fundamenta su liderazgo en un dirigente anterior, en este caso su marido, el expresidente Néstor Kirchner. Tampoco podemos olvidar que que el movimiento político al que ambos pertenecen, el peronismo, reivindica a Juan Domingo Perón y a su esposa, Eva Duarte. Sobre el peculiar liderazgo de CFK también hemos escrito en ‘El Atril’.

Cartel CFK

En América Latina, el líder tiene una importancia capital para el éxito de cualquier proceso transformador. En este sentido, hay que decir que el caudillismo -no utilizamos el término de forma despectiva, ni para descalificar a nadie- es un fenómeno político y social típicamente latinoamericano desde el siglo XIX. Pero identificar a un dirigente actual con un líder histórico con el objetivo de reforzar su liderazgo o el alcance de su triunfo no es una táctica exclusiva de Latinoamérica. Las comparaciones entre el presidente francés, François Hollande, y el primer presidente socialista galo, François Mitterand, han sido constantes desde la campaña electoral.

Frase de Mitterrand.

Hollande, heredero de Mitterrand.

En Estados Unidos ha sucedido algo similar. El consultor político Xabier Peytibi explica en su artículo ‘En busca del espíritu de Ronald Reagan’ como la campaña de Obama en 2008 buscó el paralelismo entre el, a la sazón, joven Senador, y los presidentes Lincoln y Kennedy. En 2012 fueron los candidatos republicanos lo que se afanaron en identificarse con el carismático Reagan.

él estaría de acuerdo.

En los más diversos contextos históricos, políticos y geográficos, el recuerdo idealizado, la utilización interesada, el relato mítico, la hagiografía, el martirologio, la simple nostalgia o la sincera admiración por un líder fallecido son frecuentemente fuentes de inspiración para un movimiento ideológico o para la legitimación de un liderazgo.