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Ayer se celebraron elecciones legislativas en los Países Bajos con el miedo del establishment a la victoria del Partido por la Libertad (PVV) de Geert Wilders como telón de fondo. Que haya terminado en segundo lugar con 20 escaños será un respiro para quienes temían por la continuidad de la globalización y el proyecto europeo, pero no me parece un resultado tan inesperado. Las opciones antiestablishment han funcionado mejor electoralmente cuando han ido por detrás en las encuestas, tal como ha sucedido con el brexit, Donald Trump o con Podemos, que obtuvo más votos en la primera de las dos últimas citas electorales. Los sondeos que lo situaban a la cabeza me resultaron exagerados, más teniendo en cuenta que la evolución de Wilders no ha sido siempre ascendente en los distintos comicios que han tenido lugar en Holanda durante los últimos años.

Ese citado pánico de las clases dirigentes hacia el auge de partidos a los que califican de populistas y eurófobos -la mayoría de extrema derecha- tenía dos batallas decisivas en esta primera mitad del año: Holanda y Francia. Aunque en el ensayo ‘Crisis y austeridad: terreno abonado para el populismo y el euroescepticismo’ expuse que el crecimiento de candidaturas como el PVV o el Frente Nacional (FN) de Marine Le Pen tenían causas comunes, no está demás subrayar algunas diferencias entre ambas, las cuales, además pueden servirnos para explicar los resultados que se han producido en Holanda y los que vayan a producir en el país galo. Desde mi punto de vista la estrategia política y comunicativa del FN es más apropiada para la Europa del siglo XXI:

-Agresividad y moderación: el FN ha experimentado una renovación de su imagen y su discurso, presentándose ante la sociedad como una formación más amable y moderada. Wilders mantiene un tono más agresivo, similar al que tenía antes el Frente en tiempos de Jean-Marie Le Pen, padre y antecesor de la actual líder. Según Iván Redondo, Wilders tiene una figura “de corte vampírico”, lo que contrasta con el mensaje de “la única candidata mujer”.

-El miedo y la esperanza: el PVV tiene, a juicio de Redondo, una gramática política que apela “más que a la esperanza, al miedo y al rechazo”. Le Pen se está esforzando por, como titula Luis Rivas en ‘El Confidencial’, alzarse “como la esperanza de la juventud y los obreros franceses”. La normalización del FN en la sociedad francesa es mayor que en la tradicionalmente liberal, tolerante y europeísta Holanda, donde el PVV se percibe como más radical. Guillermo Fernández explica en ‘CTXT’ como en Francia el voto al FN es cada vez menos oculto e incluso más frecuente en colectivos como las mujeres o los altos funcionarios.

-Antislamismo y republicanismo: en ambos casos el miedo es una fuerza poderosa para despertar rechazo entre la población contra el islam radical. No obstante, en los últimos años Le Pen ha intentado desmarcarse de las habituales acusaciones de xenofobia escudándose en los tradicionales valores republicanos franceses y en el ataque a la igualdad y a los derechos de la mujer que supone la conducta de algunos musulmanes. Wilders, por su parte, no quiere encerrarse en un discurso plenamente identitario: también alude a la negativa a integrarse y al incivismo de algunos musulmanes, si bien su estrategia discursiva hila mucho menos fino.

-Nacionalismo y populismo: el PVV es populista en la medida en que se opone al establishment que representa la clase política tradicional, a lo todo lo políticamente correcto y al status quo de la UE. Se posiciona claramente como un outsider y potencia el eje dentro-fuera del sistema, como explica Redondo. Desde un punto de vista nacionalista defiende una idea de pueblo en el que los inmigrantes y los musulmanes no tienen cabida. Obviamente, el FN es también un partido nacionalista y, desde la óptica de los medios europeos, incluso xenófobo. Pero mientras el PVV, según Redondo, defiende “un discurso nítidamente xenófobo” y más identificado con el nacionalismo o la ultraderecha clásica, el FN ha ido tejiendo un relato cada vez más populista en el sentido científico del término, es decir, contrario a las élites -también las económicas-, a las que opone a un pueblo representado, sobre todo, por la figura de “los olvidados”, mencionados tanto por Redondo como por Fernández. Las alusiones de Le Pen al pueblo son cada vez más frecuentes. Como escribí en diciembre de 2016, “este componente populista lo resume a la perfección el lema electoral escogido: ‘En el nombre del pueblo’. A preguntas de los periodistas, Le Pen ha admitido ser populista si eso significa luchar por “un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.

Fuente de las imágenes: Euractiv.com

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